Observando mariposas

De la inmensa cantidad de insectos existentes en el mundo, tal vez sea el orden de las mariposas el que más admiración provoca, ya por la majestuosidad de sus formas, por la vistosidad de su colorido, por el encanto de su revolotear, como por su participación en la fecundación de las flores, o por el enigma de su metamorfosis. Capturarlas en la plenitud de la vida a través de una cámara fotográfica parece simple, pero en realidad no es nada sencillo. Además de la cámara y objetivos macro adecuados o lentes de aproximación, se debe contar con muchísima paciencia. Inclemencias del tiempo, los rayos solares directos, picaduras de mosquitos y muchas veces también de avispas, o lesiones en la piel por el roce con ortigas o espinas de distintas plantas, son sólo algunos de los inconvenientes que en el afán de capturar “esa imagen” se deberán soportar. Por otro lado, el objeto a fotografiar no siempre colabora, y cada vez que pretendemos acercarnos y enfocar, levanta vuelo para posarse en otro lugar. De todos modos hay que tener en cuenta que luego de un tiempo de persecución, la mariposa comienza a acostumbrarse a nuestro acoso, y poco a poco va permitiendo el acercamiento. Superados estos inconvenientes, el resultado es sorprendente: La mariposa en todo su esplendor y colorido, en las posiciones que normalmente adopta para libar el néctar de las flores o para asolearse; y con el brillo en los ojos y esa expresión que sólo son dotados por el hálito sublime de la vida. Y si no, basta simplemente con observarlas, reconocerlas, estudiar sus hábitos, identificar sus larvas y las plantas hospedadoras. No hay nada más maravilloso que observar la creación divina: Aquello que el hombre jamás podrá crear, y que muchas veces sólo se complace en destruir.